
Recuerdo la elegancia de su departamento. Era un espacio con olor a fruta pasada, a colillas de cigarro, a perfume francés y a alcohol. Lo adornaba con un piano negro, muebles finos, lleno de libros y música, repleto de ilusiones inalcanzables. Y ella, esa figura taciturna que siempre estaba con mi camisa de dormir.
Qué bueno encontrarte - le dije a sus ojos café.
Después de esas palabras mi vida cambió. Esos ojos que mordían sutilmente, esa boca que respira como un instrumento de viento y ese tatuaje en la espalda me invitaba a investigarla.
Durante meses bebimos la paz de todos los colores, hicimos que un pájaro bailara en el aire mientras nos besábamos.
Ella. Ella pudo ir al corazón sin hacerle un bypass al pobre cerebro. Ella que con las manos recogió tantos vacíos. Ella que ocupa el mejor sitio en mis pupilas. Ella que mataba violentamente o a fuego lento, todos juntos o de a uno en uno.
"Toda luna, todo año, todo día, todo viento camina y pasa también". Murió. Pero la marca sigue en mis pensamientos.
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